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miércoles, 22 de marzo de 2017

Infecciones sexuales Una charla necesaria en pareja

Ninguna enfermedad de trasmisión sexual (ETS) provocó cambios tan profundos en las conductas sexuales como lo ha hecho el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) desde su aparición en la década del 80. Las medidas de prevención se fueron incorporando al discurso y a las prácticas eróticas. Y si bien existen personas que aún se resisten a tomar recaudos o minimizan el tema, por lo menos tienen conocimiento de los riesgos personales o de pareja.

Respecto a los temores a la hora de encarar una relación, existen una gama de conductas. Desde dudas que ceden con la comunicación (y la realización de estudios para despejar “fantasmas”) hasta temores que inhiben tanto hablar como encarar el tema como una responsabilidad mutua.

La pregunta sobre la salud sexual debería aparecer al inicio de los encuentros eróticos y más aún si se plantea no usar el profiláctico.

Si, en el caso de las relaciones casuales, es prácticamente una obligación asegurar la protección genital, ¿por qué no se puede tener el mismo cuidado en las relaciones estables?

La prevención es el arma más efectiva para combatir las ETS, pero más allá del aspecto clínico, la apertura para comunicar y encontrar caminos para despejar dudas, ayuda a generar confianza y afianza el vínculo.

LAS CARTAS SOBRE LA CAMA

Cuando ambos han tenido historias sexuales previas y no saben, o tienen dudas, sobre su estado de salud, lo indicado es acordar y hacerse los estudios correspondientes. Para no dar lugar a conjeturas o suposiciones que terminen dañando la relación, una conversación sincera es esencial.

No obstante, puede suceder que uno de ellos sí esté al tanto de que padece una infección que puede trasmitirse sexualmente y no sepa cómo y cuándo comunicarlo al otro.

En este caso, es frecuente que el sujeto evite hablar del tema por temor al rechazo o a que el vínculo se corte por una posible humillación. El temor lleva a la persona a verse a sí misma como una “enferma”, o una “cobarde” que no puede encarar un tema delicado pero crucial. Igualmente, cree que la unión de pareja sólo podría sostenerse si la verdad se oculta; poniendo el amor, el respeto, la contención, los proyectos y la capacidad para afrontar los problemas que surjan

en un segundo plano.

El sujeto se convence que todo está condicionado por decir o no decir. Así, movido por el miedo, tomará los recaudos y cuidados médicos necesarios para no contagiar a su pareja, pero sin que la verdad salga de su boca.

Esta situación es diferente de aquel que sabe y, por ignorancia, jactancia o crueldad, expone al otro a un posible contagio. En todos los casos, ocultar perjudica; las parejas refuerzan la unión cuando se desafían a encarar juntos las situaciones críticas.

EL MIEDO QUE INHIBE

Más allá de todos los peligros que acarrea dejarse dominar por el miedo al rechazo (por confesar una condición de salud), reprimir demasiado la verdad íntima puede propiciar la aparición de verdaderas fobias sexuales (nosofobias de contagio) y severos trastornos del deseo sexual por padecer síntomas de evitación/repulsión a todo tipo de experiencias de contacto.

Las mujeres con rasgos temerosos son las más propensas a exacerbar los cuidados, transformando el miedo en una obsesión. Muchas padecen síntomas de pánico cuando se exponen a un encuentro o se anticipan

al mismo. Se observa un aumento

en el número de consultas por fobias sexuales, sobre todo mujeres entre 30 y 40 años.

Existen otro tipo de caracteres con rasgos más expansivos (por cierto menos temerosos) que entregados

al frenesí sexual, pierden el control

de la relación, temiendo luego por

las consecuencias del descuido. Tanto en uno como en otro caso (mujeres temerosas y expansivas), la respuesta a futuros contactos se manifiesta por controles exhaustivos a los hombres: preguntas que apuntan al detalle sobre la vida sexual anterior, pedidos de análisis como condición, observación y puesta de límites de lo se puede y no se puede hacer en la cama.

Este tipo de control está basado en el miedo extremo que convierte al otro en “sospechoso” hasta que se demuestre lo contrario.

Este modelo no ayuda a expresión sincera ni a encontrar vías saludables de resolución.



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