Consejos sobre el Amor, Matrimonio, Noviazgo

jueves, 13 de julio de 2017

Encontrar el amor en muñecas de silicona

EN JAPÓN | MUCHOS HOMBRES SON DUEÑOS DE LAS MUÑECAS DE SILICONA, LLAMADAS "RABU DORU".

Cuando la llama del amor se apagó definitivamente entre él y su esposa, Masayuki Ozaki tomó una insólita decisión para llenar su vacío. Compró una muñeca en silicona que se convirtió, asegura, en el amor de su vida.

Mayu, de tamaño natural y con un aspecto muy realista a pesar de su mirada vacía, comparte su cama en la casa familiar de Tokio, donde también viven su mujer y su hija adolescente.

"Después de que mi mujer diera a luz, dejamos de hacer el amor y sentí una profunda soledad", cuenta este fisioterapeuta de 45 años.

"Leí un artículo en una revista sobre el tema de estas muñecas y fui a ver una exposición. Fue un flechazo", suspira Ozaki, que pasea a Mayu en silla de ruedas, le pone pelucas, la viste y le regala joyas.

"Cuando mi hija entendió que no era una muñeca Barbie gigante, tuvo miedo y pensó que era asqueroso, pero ahora ya es suficientemente mayor para compartir la ropa con Mayu", explica.



'ES HUMANA'

"Las mujeres japonesas tienen el corazón duro", afirma, mientras pasea a la muñeca por una playa. "Son muy egoístas. Sean cuales sean mis problemas, Mayu, ella, siempre está aquí. La quiero con locura y quiero estar siempre con ella, que me entierren con ella. Quiero llevarla al paraíso".

Como él, muchos hombres poseen en Japón este tipo de muñecas, llamadas "rabu doru" (muñeca de amor), sobre todo viudos y discapacitados, y no las ven como simples objetos sexuales sino como seres con alma.

"Mi corazón late a mil por hora cuando vuelvo a casa con Saori", asegura Senji Nakajima, de 62 de años, mientras se va de pícnic con su compañera de silicona.



"Nunca me pasaría por la cabeza engañarla, ni con una prostituta, porque para mí ella es humana", explica este empresario, casado y padre de dos hijos.

Yoshitaka Hyodo, bloguero de 43 años, cuenta con más de 10 estas muñecas. También tiene una novia, de carne y hueso, al parecer bastante comprensiva.

"Ahora es más para comunicar a un nivel emocional", afirma este hombre, también fanático de objetos militares, rodeado de mujeres de plástico, a las que viste de soldado.

UNA ACTIVIDAD ARTESANAL

Unas 2.000 muñecas de silicona son vendidas cada año en el archipiélago nipón, según los profesionales del sector. Equipadas con una cabeza y una vagina desmontables, valen unos 5.300 euros (algo más de 6.000 dólares).

"Lo que llamamos con pompa 'la industria' de las muñecas del amor es una actividad artesanal de nicho", escribe la antropóloga Agnès Giard, que en 2016 dedicó un libro a este fenómeno y a su historia en Japón.

Las primeras aparecieron en 1981. La versión en silicona, después del vinilo y del látex, es de 2001.

"La tecnología ha hecho grandes progresos desde las horribles muñecas hinchables de los años 1970", explica Hideo Tsuchiya, director de Orient Industry, uno de los fabricantes japoneses. "Ahora tienen un aspecto increíblemente auténtico y tienes la sensación de tocar piel humana. Cada vez más hombres las compran porque tienen la impresión que pueden comunicar con ellas".

Ya en el siglo XVII, en historias de ficción citadas por Agnès Giard, hombres encargaban a artesanos muñecas que se parecían a su amada, de la que el destino los había separado.

Lejos de estos relatos rosas, Riho, la esposa de Ozaki, intenta no pensar en el ser artificial que ocupa la habitación de su marido. "Me limito a las labores domésticas", dice, con lágrimas en los ojos, "la cena, la limpieza, la ropa".

jueves, 6 de julio de 2017

¿Qué somos en una relación?

Alguna vez leí por ahí una frase de Neil Strauss que decía que “sin compromiso, no puede haber profundidad en nada, ya se trate de una relación, un negocio o un hobby.”

Me acuerdo que esas palabras me impactaron de manera intensa y me hicieron reflexionar mucho acerca de la relación que estaba manteniendo con mi ex marido por aquellos días. Un lazo débil y mentiroso. Apenas una ilusión de pareja, un borrador de dos seres unidos por palabras inconsistentes como falsos ladrillos, grandilocuentes para fingida calma mental, vacías como esa atractiva caja de bombones que alguna vez abrí ilusionada para tan solo encontrarme con envoltorios arrugados.

No había profundidad. No había siquiera superficie. Sin dudas, no había compromiso. Y por ello mismo, y con toda naturalidad, la falsa pareja que éramos cayó por el propio peso de las mentiras y el deshonor causado a las promesas esenciales incumplidas. No había un cuidarte, ni un quererte, ni un respetarte.

“Para mí no son importantes los títulos”, me dijo una amiga por aquellos días. Ella estaba viéndose con un hombre que no quería formalizar lo que tenían y que por momentos la hacía sentir la mujer más importante y querida del mundo y por otros, se olvidaba de su existencia; con suerte le contestaba de mala manera y simplemente desaparecía. Una incertidumbre asfixiante y devoradora de energía. Su afirmación le servía tan solo para justificar y sostener un amor no correspondido.

Yo conocía eso de querer inventar nuevas formas de algo tan simple como es el amor. También había estado en una situación así y, aunque todavía por aquellos días no lo podía ver con claridad, lo seguía estando.

“Sí son importantes los títulos. Formalizar.”, recuerdo que le dije, “Es poner en palabras lo que uno siente; comprometerse con ese sentimiento y con el otro. Que él no te considere su novia es lo que le permite aparecer cuando quiere y esfumarse cuando se le cante. Cuando hay verdadero amor, el título no sólo no representa un peso, sino que te inunda el alma de orgullo, de ganas, de proyectos y de paz. Te da esa tranquilidad de saber que el otro va a poner su hombro cada vez que lo necesites, porque no se imaginaría haciendo otra cosa, porque quiere. Por eso somos novios, esposos, hijos, padres, hermanos, tíos, abuelos, o amigos y tantos títulos más. Nos indica que nos pertenecemos, que no estamos solos, y que nos vamos a cuidar más que a nadie.”

Y con esas palabras, me estaba hablando a mí misma. Todo lo que le decía a mi amiga era un canto hermoso al compromiso del amor en todas sus formas. Nada de eso estaba presente en mi matrimonio. “Sin compromiso no puede haber profundidad”, decía la frase. Sí, yo era claramente poseedora de un título sin amor.

Por suerte llegó ese bendito día en el cual cada pieza de ese rompecabezas emocional que me acompañaba, encontró su sitio. En ese instante, pude ver el cuadro desde la distancia. Fue como si hubiera logrado pararme por fuera de mí para verme desde una nueva perspectiva reveladora: esa mujer que veía ahí no era yo, no me representaba, no era la que quería ser. Ante mí, pude ver a un ser opaco que estaba queriendo convencerse a sí misma de que se podía tal vez vivir en una relación basada en mentiras y ser más o menos feliz.

Pero yo no quería ser más o menos feliz. No quería permanecer opaca. En mí había una luz potentísima ahogada por los miedos y los embrollos mentales que construía para justificar el tipo de dinámica que mantenía con mi ex.

Quería brillar. Quería ser todo lo feliz que fuera capaz se ser. Quería calmar a mis demonios

Y así, tomé coraje, solté ese título vacío de esposa y abracé uno real: soy Cari. Soy una mujer fuerte. Entonces, y como hacemos cuando nos comprometemos con todo el corazón con algo o con alguien, decidí quererme, respetarme y cuidarme con toda la profundidad posible.

Pasaron más de dos años desde entonces. El camino no siempre fue llano, pero los demonios se fueron debilitando y mi confianza fue creciendo. Esa luz que sabía que había en mí, fue encendiéndose de a poco pero segura. A esa llama no la iba a apagar cualquier viento. Y llegó ese momento en el cual la sentí potentísima; brillaba con fuerza porque había vuelto a creer en el amor. En el amor propio. Y toda esa luminosidad generada por mi propio quererme, me enseñó amar mejor al mundo y volver a creer en ese otro compromiso de amor que es el de la pareja.

Hace ya unas cuantas semanas, Diego me dijo que había una cartita para mí en el bolsillo derecho de su jean. Allí, doblado, había un papelito. Lo abrí con dedos temblorosos y mucho cuidado.

“¿Quieres ser mi novia?”, decía. La carta más breve y hermosa del mundo. Y en mí, una vez más esa electricidad en mi cuerpo y ese vuelco en el corazón que pensé que había abandonado a mi adolescencia y primera juventud.

“Esto es tan, pero tan lindo que ni lo puedo explicar con palabras. Pensé que a nuestra edad eso ya no se preguntaba. Pensé que con el tiempo y las acciones ya se iba a dar por sentado.”, le dije un rato después emocionada al extremo.

“Para mí es muy importante.”, me contestó, “Para mí es una instancia muy especial. Es decir en voz alta que tenemos un compromiso. No tener dudas de que queremos estar juntos y que nos vamos a cuidar.”

Después me dijo “Buenas noches, novia” y los dos nos fuimos a dormir inundados de paz. Porque cuando nos comprometemos, logramos profundidad.


lunes, 3 de julio de 2017

Cuando un hombre joven se enamora de una mujer mayor

Cuán difícil es aceptar en esta sociedad a veces cerrada, el que un joven, se enamore de una mujer mayor que él. Todo el mundo dice: "La edad es lo de menos cuando dos personas se enamoran".

Sin embargo, cuando vemos a mujeres mayores con hombres jóvenes, hombres mayores con jovencitas, no es lo mismo ante la sociedad exigente. Se los juzga duramente. Por un lado, algunas lenguas mezquinas dicen: el hombre joven practica con una mujer mayor para luego elegir la que corresponde y en el caso del hombre mayor, si bien busca juventud y carne fresca, se suele decir que la joven busca estabilidad financiera y no tanto el amor. Obviamente que todas las personas somos diferentes, pero si tenemos algo en común: y es que buscamos el amor, ese amor en el que se sienta mariposas en el estómago cuando le vemos sea hombre o mujer y eso hace que nos sintamos vivos.

Desde los bebés nacen y lloran hasta que su madre le abraza, estos bebés se sienten acogidos, amado, pensando que jamás se desprenderán de ellos, inclusive hasta los ancianos en su lecho de muerte, cuando buscan una mano a la que aferrarse para dar el salto final, cuando se despiden, si el tiempo se los permite. Siempre buscamos y anhelamos amar y ser amados por esas personas a quienes tanto admiramos y respetamos.

En ese orden, la edad de la persona que amas y te ama, no debería tener importancia, pero… vamos a ser sinceros: que un hombre tenga una pareja más joven que él, a veces no llama la atención de nadie; ahora, que una mujer elija un hombre más joven para que esté a su lado, aún levanta rumores. Cuantas veces habrás escuchado: ¡Mira la vieja esa, con semejante hombre, seguro que está en prácticas! ¡O este joven es ciego y le hace falta gafas o la vieja debe tener plata y en unos años pincha y él se hereda todo! ¡Mira la vieja esa, con tanta cirugía, pero el tiempo no se detiene, es muy vieja para él! O ¡Mira el viejito ese, con esa morocha despampanante, seguro toma viagra, para darle caña o de seguro él tiene mucha plata! ¡Qué zorra es, naaaaaa si hay que ser viva en este mundo, esta se sacó la lotería con el viejo!

Seguro que escuchaste todas estas frases o similares. La gente es mezquina y le encanta sacar el cuero. Digamos, que se deleitan hablando mal de las personas, juzgando y condenando sin más.

Pero la cosa, es que cada vez más mujeres se enamoran de jóvenes y son correspondidas por hombres más jóvenes que ellas. Muchos o pocos años de diferencia da igual, ellas desmoronan el concepto tan insignificante de que el hombre debe ser al menos "cuatro o cinco años mayor". Las famosas cougars acabaron con ese prejuicio, para el deleite y horror de muchos.

Lo que empezó siendo una irreverencia de las celebrities como Madonna, Kylie Minogue, Demi Moore, y todas las mujeres se asustaban, pronto fue seguido por muchísimas mujeres, que obviamente, no querían perderse la ocasión de divertirse, de pasarla bien en la libertad de amar sin límites de edad. Y claro, los hombres no iban a ser menos, así que, ambos sexos a disfrutar.