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domingo, 17 de abril de 2016

Por qué no husmear el celular ajeno



No hay duda de que el resguardo de la intimidad está en crisis y la confianza en la pareja corre la misma suerte. Todo sucede bajo el influjo tecnológico de las redes sociales, aplicaciones, mensajes por WhatsApp, entre otros, que sirven de instrumento para confirmar que “algo se oculta”. Cuando la duda, la sospecha y la desconfianza golpean la puerta de la mente, pareciera que no hay explicación racional que la detenga.

La suspicacia es un sentimiento benigno que alerta de una posible amenaza, un escozor interno que se siente cuando algo acecha o se oculta con el fin de perjudicar. Si bien es una emoción protectora, puede convertirse en una causa de sufrimiento en la pareja.

Sospechar del otro implica vislumbrar acciones “extrañas”, algunas basadas en datos reales y otras imaginadas, pero con idéntica repercusión emocional.Ojo por ojo.

En los vínculos amorosos, la suspicacia alimenta los celos y un sinnúmero de conductas dañinas que llevan a que la persona afectada comience a buscar indicios o pruebas para confirmar su percepción. Y, en este punto, las redes sociales se convierten en aliadas de la sospecha.

Si antes se revisaban los bolsillos de los trajes o el maletín, hoy se espera el momento de descuido para hacerlo con celulares y mails sin consentimiento del otro. Se busca algo “oculto” usando la misma táctica. Todas las elucubraciones detectivescas son posibles para encontrar la prueba de la deslealtad o de la infidelidad.

Y de la comunicación ni hablar. Un hecho que podría resolverse expresando las dudas se convierte en una pesquisa que viola la intimidad, la privacidad del supuesto “infiel”. La persona que revisa queriendo saber que algo se le oculta, se convence que ésta es la mejor forma para descubrir al victimario. Y aunque la razón o la conciencia moral le recuerde que es incorrecto, lo hará sin culpa: “ojo por ojo, diente por diente”.

Hacerse la película

Cuando la búsqueda se convierte en una obsesión, no hay forma de sacarse la idea de la cabeza, lo cual lleva a revisar compulsivamente las pertenencias del otro. Y aún así no se calma la duda.

En esas condiciones, la interpretación errónea de los mensajes es frecuente, provocando una mezcla de satisfacción por la efectividad de la pesquisa y dolor por la decepción amorosa. Los mensajes son datos que se transmiten; el subtexto, al no existir el otro “cara a cara” quedará supeditado al significado que cada uno le asigne.

Por lo general, la persona celosa construye su propia historia a partir de unos pocos datos. Esto no quiere decir que no existan mensajes comprometedores, que no dejan lugar a la duda, pero la persona que está embargada por los celos deforma cualquier dato. Dato que se malinterpreta, que se carga de una convicción casi irreductible, y que no da espacio para una respuesta que esté a la altura de tal grado de certeza.

Derecho a la intimidad

La persona que se mete en la intimidad ajena debe saber que ese acto solapado, minucioso, tiene consecuencias. Y aunque se puede justificar el acto con argumentos convincentes, la intromisión rompe la regla de la pareja y de cualquier circunstancia social: el derecho propio y ajeno a preservar los límites de la propia existencia. Esta afrenta a la individualidad daña aún más la relación y hace más difícil la recuperación de la confianza mutua.

La suspicacia o sospecha pone en alerta a la persona ante probables acciones desleales. Es mejor que le comuniques a tu pareja tus dudas y juntos aclaren y resuelvan el tema.

Los celos dañan la relación. No te conviertas en un detective tratando de buscar las pruebas incriminatorias. Cualquier dato puede ser malinterpretado, generando más conflicto.

Es posible que te altere no hallar nada. La “ineficacia” en tu búsqueda te llevará a redoblar la apuesta hasta convertirla en una obsesión.

Por cada acción de revisar te estás perdiendo algo de tu propia vida.

No dejes que los pensamientos intrusos y la desconfianza te apresen, al final vas a terminar perdiendo tu libertad.

Las acciones que resultan de los celos afectan más la propia estima que el sentirte traicionada o traicionado. Cada vez que se viola la intimidad del otro, estás devaluando tu valía personal.

Los acuerdos del tipo “yo le doy el celular para que lo revise” no sirven. La confianza no se construye cediendo derechos.

La comunicación abre puertas, la obsesión celosa las cierra.

Si existió infidelidad tendrán que replantearse si pueden seguir juntos o es mejor separarse. En caso de continuar, el querer saber “los detalles” de cómo fueron los pasos de la infidelidad, o el control sobre el otro, no sirven para reconstruir la relación.

Una relación saludable no se sostiene con acciones invasivas, se sustenta en el respeto, la confianza y la comunicación sincera.

Fuente: entremujeres.com

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